Escribo para vivir…

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Me ha tomado varios años aceptar y abrazar con cariño y respeto varios eventos de mi vida.

Mientras esto escribo. Se agolpan en mi cabeza todos los pensamientos que me han acompañado en estos días, tantas imágenes, tantos recuerdos, tantos sueños…

Para empezar, una mirada de cielo, una voz angelical, un par de manos inquietas y unos piececitos que parecen volar…

Cada vez estoy más convencida de aquello que dije una vez: escribir es exponer el alma, desnudar el corazón y las entrañas, para que alguien más, sin conocer la totalidad de las experiencias, te juzgue, te ignore, te alabe o te rechace. Y a pesar de ello, no puedo dejar de hacerlo: no puedo dejar de compartir pedazos de mi alma, mis sonrisas y mis lágrimas.

Y por eso digo y escribo que a mí, la maternidad me atraviesa; respeto y honro mi individualidad, pero reconozco que soy una antes y otra después de haber sido madre. Quisiera decir que soy otra mejor, pero no, tan solo puedo decir que soy otra.

Y así como me atraviesa la maternidad, me atraviesa el ser hija de mi madre e hija de mi padre.

Sin mi madre, todos sus aciertos y todos sus esfuerzos, no sería la mujer que soy. Ella me dio la vida, pero también la fuerza y la inspiración para vivirla. Cuando ha sido más oscura mi noche, ella siempre ha estado ahí para encender una vela y sostener mi corazón.

Y sin mi padre, ese corazón errante que solo mi madre sostiene, hace mucho que este hubiera dejado de latir.

Mi padre me dio el rumbo, la alegría y el aliento. Me animó a conocerme, respetarme y llenar de vida mis silencios. Me enseñó a buscar la belleza en los colores del atardecer y en las sonrisas desconocidas; a buscar la paz antes que la discordia, y a tener presente que la familia, ese diminuto círculo rebosante de amor, es el refugio seguro de todas mis tristezas y la certeza plena de todas mis alegrías. Por eso estoy hoy aquí, contigo: padre, madre, hijo… Por eso elegí este sitio hoy para dialogar contigo a través del tiempo, la distancia, la vida y los umbrales de la muerte.

He venido a decirte, padre mío, que estoy caminando con paso firme: que sigo luchando por mis sueños, que estoy haciendo un esfuerzo diario no solo por honrar tu memoria, sino también la vida y existencia de mi madre. Y que estoy escribiendo, con pasión, ahínco y alegría; y a pesar de saber que nunca más tendré un lector tan puntual y crítico como tú, he decidido seguir el dictado de mi corazón: sigo escribiendo, sobre violencia de género, el amor y el canto del ruiseñor; sobre los derechos de la infancia, políticas públicas y zapatos de tacón.

Y lo hago porque una voz interior me ha pedido que no deje de hacerlo, pide a gritos no ser silenciada.

No sé cuál será el resultado, pero me he inscrito en un concurso literario… superé otro miedo, uno más; y por eso sé que, sin importar el resultado, lo voy a disfrutar.

Porque, a final de cuentas, creo que de eso se trata la vida: ¡de atreverse! Atreverse a luchar, a publicar, a amar: atreverse a hacer aquello que alimenta el alma, aquello que te impulse a levantar la cabeza.

No sé si había un atajo para llegar a este punto de mi vida… vamos, que no sé si pude haber evitado algunos tormentos y sumado, en su lugar, unas cuantas alegrías. Pero hoy puedo decir, con el corazón en la mano, que doy gracias por todas las experiencias que viví.

Y no, no estoy llorando: se me ha metido tu recuerdo en los ojos…

2020

2020

¿Qué es lo que hace que un festejo de Año Nuevo sea especial? ¿La compañía, el lugar, un estatus? ¿Un cambio de look, haber bajado de peso, estar terminando o iniciando una etapa? ¿Estar en la proximidad de un matrimonio, o haber atravesado un divorcio? ¿Estar padeciendo una enfermedad, haberla superado…?

Para mí, el inicio de un año más siempre ha resultado especial. Mis publicaciones en distintos espacios dan fe de ello. Pero hay años en que las emociones pesan más, en que las soledades agobian más, o en que las alegrías se rebosan más.

Este año lo termino agradecida. Y desesperada. Casi en la misma medida.

Agradecida porque mi madre aún sigue viva, a pesar de estar en una situación que puso en riesgo su vida a un mes de finalizar el año. Agradecida porque, aún cuando hoy no se ha recuperado completamente, ya veo en su rostro otro semblante. Agradecida porque el que yo no haya tenido un trabajo fijo o asalariado, ha resultado ser muy conveniente, para poder cuidar de ella y organizar nuevas rutinas en torno a su recuperación y su salud. Agradecida porque a mi alrededor hubo y hay personas que han ayudado de manera discreta, prudente, sabia. Agradecida porque las personas que realmente han querido estar, sin imponer, sin presionar, sin juzgar, han estado; sin excusas, sin dobles agendas.

Agradecida porque puedo abrazar a mi hijo todos los días, aprender de él y con él. Agradecida porque él sonríe, juega y se divierte a pesar a mis lágrimas y mi estrés; agradecida porque él tiene lo que necesita, cuando lo necesita. Agradecida porque gracias a él no he perdido la cordura, y me mantengo firmemente aferrada no solo a la vida, sino también a mis sueños…

Pero también termino este año desesperada. Y no solo porque soy la única persona responsable de dos personas que requieren, por igual, atenciones y cuidados; o porque tengo qué lidiar con las inoportunas intervenciones de personas que no terminan de entender que mi madre necesita paz y alegrías, no preocupaciones estériles.

Estoy desesperada por seguir viviendo. Desesperada por ocuparme de lo importante, y dejar lo demás para después, en un sitio que nunca recuerde. Porque sé, con una claridad que duele, que las personas que tanto amo, puedo no volver a verlas jamás en tan solo un instante… porque en tan solo un instante la vida cambia. Por eso quiero bailar y reír mucho con mi hijo, y sola frente al espejo; quiero decirle a todas las mujeres de mi vida, las que están, las que se fueron y las que saqué de mi vida por motivos éticos y de auto cuidado, lo mucho que las amo, honro y respeto; quiero seguir escribiendo muchas líneas, y decorar en todas las libretas posibles miles de páginas con colores y formas diversas. Quiero amar y sentirme correspondida en igual medida, sin deber ni que me deban, y quiero hacerlo desde la conciencia plena de asumir un compromiso junto a una persona igual a mí, que sume alegrías a mi vida y me acompañe amorosamente en mis altibajos emocionales, y en esas etapas de oscuridad y resguardo que nos depara la vida.

Hay qué vivir la vida; exprimir cada instante, bebernos completo cada vaso de agua… en todos los sentidos. Porque lo único que tenemos seguro es nuestra muerte, más o menos próxima, pero sin duda cierta. Y para cuando ese momento llegue, quiero haber luchado todo lo posible por construir un mundo mejor, quiero haber reído todo lo posible, bailado todos los ritmos, y ojalá, conjugado la mayoría de los verbos…

Deseo, para quienes siguen compartiendo este camino de la mano de mi corazón y de mis sueños, que la vida sea tan plena como sueñan, que el amor les explote en su cara cada mañana, y que en sus tristezas siempre tengan compañía; que esta década que comienza esté llena de amor, y de esas experiencias que tanto anhela su alma.

Esta década que termina me ha mostrado la versión más rota, jodida, triste y vulnerable de mí. Pero ha traído a mi vida la alegría constante de ser madre del hijo más hermoso que la vida me pudo dar; cinco hijos de papel que siguen viajando de mano en mano; muchas hermosas amistades; atardeceres lluviosos, caminatas sobre la arena, la vista inigualable de La Piedad y el sonido de muchas hojas secas…

Gracias 2019. Bienvenido 2020, con todo lo que tienes para dar…

Una dedicatoria constante…

Una dedicatoria constante…

No podía dejar de compartirlo.

Tengo el pendiente, desde hace ya dos semanas, de enviar unos libros a unas personas interesadas en mi tercera publicación: “A través de mi mirada”; texto basado en el testimonio de una joven que fue víctima de trata de personas en su modalidad de explotación sexual.

Aprovechando el no planeado comercial, les cuento que este libro tiene como objetivo sensibilizar sobre la forma en que nos referimos cuando hablamos de personas víctimas de la explotación sexual, cómo las trata la sociedad, pero también es una reflexión: ¿qué hacemos con sus historias? ¿Cómo las contamos y cómo nos acercamos a ellas: desde el morbo… o desde el reconocimiento de la víctima como persona? Fin del comercial.

Bien, pues en este momento de mi vida, si bien ha sido necesario hacer una debida pausa en varios proyectos, estoy tratando de retomar algunos de ellos poco a poco, empezando con las debidas dedicatorias de los libros que comentaba líneas arriba.

Y me topé con lo escrito al inicio de este libro, palabras atemporales, dedicadas a cada mujer que la Vida, generosamente, ha puesto en mi camino. Sobre todo, y principalmente, mi madre:

“Los relatos diarios de las mujeres de mi vida no solo han esclarecido muchos puntos de mi inquieta infancia: han sido un derrotero, pero también una tabla de salvación a la que me aferro cuando las más crudas realidades me golpean.

Si bien creo que me construyo con mis decisiones, yerros y aciertos, y que el futuro lo construyo en cada minuto de mi presente, estoy convencida que el pasado alimenta, llenando huecos de indecisión y penumbra en mi diario caminar.

Todas ellas me acompañan en cada paso que doy… y puedo decir, sin temor a equivocarme, que las mujeres de nuestra vida nos acompañan a todas las mujeres que somos y seremos… de todos los tiempos.”

A ti, mujer valiente que día a día construyes un mundo mejor para ti y los corazones que hacen latir el tuyo, gracias por existir.

Sin edición. Tercera Parte.

Sin edición. Tercera Parte.

Yo, tan celosa de mi privacidad, ahora necesito hacer público este momento. Y como esto se dirige a la entrada de escritos que no edito, veamos qué resulta de este ejercicio.

Mi familia de sangre es muy pequeña, y se conforma de tres integrantes, una de ellas, es Leticia, mi madre. La señora bonita, como cariñosamente le decía mi padre, es una mujer de corazón generoso, con un historial de grandes batallas en su haber. Es una mujer muy culta, hermosa en todos los sentidos, y con una sombra de tristeza en la mirada y el corazón, producto de haber perdido a su gran amor, su compañero de vida, hace casi cinco años. Mujer guerrera que, sobreponiéndose a su tristeza, ha estado presente para mí cada segundo, sin tregua… y para muchas personas más.

Y ella, el 23 de noviembre sufrió un accidente que le provocó un derrame cerebral, situación que ha comprometido su salud. Me parece que solo las personas que han atravesado directamente por una situación similar, o que han tenido un familiar cercano en esa circunstancia, saben de lo complicado que resulta lidiar con los retos que se enfrentan al encontrarse, de repente, en una situación de discapacidad.

El no saber, o no tener idea clara de datos comunes, que antes se manejaban de manera natural; el no poder expresarse de la manera acostumbrada, sin saber cómo hacerlo, sin encontrarle sentido a las palabras, o a los nombres, o a las historias… A veces me da la impresión de estar frente a un rompecabezas humano, que va tomando forma, lentamente y a su paso, con ayuda de quien generosamente se presta para recordar el nombre de un objeto, o la historia relacionada con una persona. Para luego, súbitamente, ver cómo ese rompecabezas ya ordenó muchas piezas en un instante.

Es un proceso. No puedo decir que sea un proceso lento, pues la expresión no me satisface; más bien creo que es un proceso que se llevará el tiempo necesario. No sé si de días, semanas o meses. Pero mientras ese proceso se desarrolla, hay obligaciones qué cumplir, principalmente una: la crianza de la persona que tierna e insistentemente me dice “mamá”. ¿Cómo hacer para mantener la normalidad alrededor de ese remolino de amor, y evitar así que el estrés le genere angustia y llanto? ¿Cómo hacer para cumplir con rutinas, tareas y juegos? ¿Cómo hacer para mantener una sonrisa, aunque ahorita me sienta literalmente rota por dentro?

Cuando yo era niña, ignoraba no sólo la gravedad de la enfermedad de mi hermano, sino también el sufrimiento que a mi madre y a mi padre les causaba. Las visitas médicas eran casi como días de exploración: viajes en carretera, juguetes en la cajuela, cuentos de invención propia con mi hermano en las largas horas de espera. Seguramente hubo momentos tristes, de estrés, de angustia… no los recuerdo. O quizá una parte de mí se niega a recordarlo. Pero lo que tengo muy presente, es ese esfuerzo materno y paterno porque todo se mantuviera lo más normal posible: porque abundaran las sonrisas allá donde quería brotar el llanto.

Mi madre, señora bonita, va a recuperarse, no hoy, sin duda tampoco mañana. Pero lo va a lograr. Porque en su mirada veo la determinación de quién ha decidido enfrentar la batalla, a pesar de sus tristezas. No, no está “animada”, está decidida… y sin duda eso alimenta su alma.

Y no puedo dejar de agradecer la presencia cercana de tantas personas que se han hecho presentes a través de oraciones, mensajes, llamadas; gracias a las tres mujeres, hermanas de sangre, que atravesaron carreteras para poner a nuestra disposición su tiempo y ayuda; gracias a quienes de manera respetuosa de las necesidades de esta familia, se han mantenido presente y han ofrecido ayuda.

Y gracias a la Vida por esta experiencia. No estaba preparada para ella. Seguramente quienes se hayan sentido con derecho a juzgar mis decisiones se encuentran en un nivel de conciencia superior al mío, y sepan, como si de un libro de texto se tratara, qué hacer en una situación igual a esta. Yo no, pero desde mi inexperiencia y nivel de conciencia, estoy haciendo aquello que creo que es en beneficio de mi señora bonita, de mi remolino de amor y de mi propia cordura. Gracias Vida, por la experiencia, y la oportunidad que tengo de seguir besando cada mañana la mejilla de la mujer que más amo desde mi más tierna infancia.

Señora bonita…

Señora bonita…

Hoy es tu cumpleaños.

Tu historia, escrita con la indeleble tinta de una simbiótica mezcla de amor y dolor, comenzó a escribirse hace unas cuantas décadas, llenando de luz la estancia donde tu morena y redonda carita se asomara.

Te imagino, risueña, platicadora y pícara, escudriñando todo a tu alrededor con esos ojos pispiretos que siempre he admirado; casi puedo verte posando un día cualquiera para una cámara, luciendo un vestido blanquísimo que contrasta con tu morena piel, dejando así uno de los pocos vestigios de esa tu niñez tan peculiar, tan llena de protocolos, amor y disciplina.

Los años fueron transcurriendo, y la redonda carita morena se fue afilando, así como tu percepción, tu ingenio y tu discreción. Pero también con los años, llegaron tristezas que no conocías, y dolores que nunca se han ido del todo. Tristezas y dolores que has abrazado, haciéndolos tuyos, como compañeros, como adversarios; los has visto de frente… y los has vencido.

Cuando era niña, recuerdo la emoción que me generaba tu llegada, era casi como si arribara una estrella de cine a la carpeta roja: todo era luz, color y sonido alrededor tuyo; mientras tu perfume embriagaba la estancia, tu presencia, entaconada, firme y alegre, se adueñaba de todo. No había un solo sentido que permaneciera indiferente a ese halo de luz, sonido y color que, al día de hoy, sigues generando.

Porque eso eres tú, Señora Bonita: eres la luz que ha iluminado y guiado nuestro camino no solo a quienes hemos tenido la fortuna de formar parte de tu árbol genealógico, sino también de muchas otras almas que se han identificado con la tuya; eres el sonido mismo de la alegría desde que tengo memoria, y la representación más firme y decidida de la disciplina y las buenas costumbres.

Hoy es tu cumpleaños mami. Y estás hospitalizada. Créeme, esto no se parece para nada al escenario de cómo quería festejarte hoy. Hoy es tu cumpleaños, y desde el día que recibí la noticia de tu accidente, no he dejado de agradecer a Dios y a ti, que no has dejado de luchar por tu vida. Me sigues dando lecciones de tenacidad, paciencia, generosidad y amor… y hoy, en esa cama de hospital, brillas más que nunca, Señora Bonita, con esa luz en tu mirada que dice mucho más que todas las palabras que aún no salen de tu boca.

Te amo mami, por favor, quédate a mi lado… quédate a nuestro lado.

Sin edición. Segunda parte.

Seguramente no soy la única persona que busca la utilidad de las cosas, pensando en las ventajas que un artículo me puede dejar antes de adquirirlo. Creo que por eso nunca he adquirido, por ejemplo, una televisión, pues no le veo utilidad alguna en mi rutina diaria: soy más de música, de noticias en el celular, de películas en el cine o en una tableta.  No obstante, sin duda hay artículos que he adquirido no por el beneficio que puede representar, sino porque me gustan. Como las bolsas de mano. Y entonces, de repente me veo en las mañanas buscando qué usar para combinar con tal o cual cosa, y cuando a mi vista parece aceptable la combinación de la prenda con la bolsa, vacío el indescriptible contenido de un bolso en otro… para, horas después, arrepentirme algunas veces: porque el asa es demasiado ancha, porque no logro acomodar en lugar visible las plumas, porque no me caben los papeles, o porque me sobra espacio.

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En los últimos meses, particularmente desde julio, he traído conmigo una bolsa en particular,  casi en cualquier ocasión, y no había sido consciente de ello hasta hace un par de semanas. ¡Y es que cómo no adorar esa bolsa! En ella puedo acomodar perfectamente un tarjetero, un monedero, el celular, las llaves, pañuelos desechables, un lápiz labial, un dulce o quizá un par, todas las plumas que necesite y hasta un polvo compacto. A veces hay cabida incluso para unos cuantos sobres, y una calceta que un par de manitas inquietas me guarda furtivamente cuando distraigo la mirada. Y eso es todo lo que necesito cargar conmigo durante mi jornada.IMG_8400

Sin duda, en esa pequeña bolsa no entra la laptop que muchas veces me acompaña, ni la libreta ni el libro de turno. Pero es que no son artículos que necesite llevar conmigo a todas partes siempre: puedo leer más tarde, en un descanso entre una actividad y otra en mi casa; puedo escribir notas, documentos completos o entradas de este blog desde mi celular; pero no puedo prescindir de las llaves para entrar a mi casa, ni de un pañuelo desechable en caso de una contingencia natural. Esos artículos sí que los necesito conmigo. Y darme cuenta de esto me ha proporcionado una indescriptible sensación de serenidad…

Quizá más de una persona, en este punto de la lectura, pueda emitir un comentario del tipo: “¡pero qué mujer tan exagerada! ¿Tanto alboroto por una bolsa del tamaño adecuado?” Pues sí, desde mi perspectiva, vaya qué merece este personal alboroto, te cuento enseguida el por qué.

En primer lugar, el más agradecido con este particular descubrimiento, es mi cuerpo; principalmente, mi cuello. Porque, entre menos peso innecesario cargo, mi postura se mantiene de manera correcta no solo mientras estoy sentada, sino también cuando me desplazo. Especialistas en ortopedia, o en columna, probablemente me darán la razón.

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En segundo lugar, pero no menos importante que el primero, creo que así como nos comportamos en un espacio de nuestra vida, incluso con algo tan aparentemente banal como una bolsa, nos comportamos en asuntos de mayor trascendencia de nuestra existencia. Porque hasta hace relativamente poco tiempo, también iba por la vida “cargando” con situaciones y relaciones demasiado pesadas para mí; estaba cargando un peso energético por demás innecesario, porque no necesitaba de esas situaciones o personas en mi vida. Iba, de aquí para allá, dando explicaciones a personas que no merecían o necesitaban de tales explicaciones, o buscando o esperando justificaciones de personas que eran incapaces de ser emocionalmente responsables de sus actos u omisiones. Ah, pero qué bonita se veía la señorita en medio de tal o cual situación, acompañada de tal o cual persona… o al menos, eso creía yo. Porque no, no puedo verme ni sentir bonito mientras otra persona utiliza mi experiencia en su exclusivo beneficio, a costa de mi tranquilidad o quizá de mi reputación; o cuando tolero malos tratos, indiferencia o engaños; ni cuando una situación me genera estrés, desgaste emocional, físico y mental, ya sea que se trate de una situación laboral o sentimental. No, todo eso no me sienta bien.

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Entonces, así como he decidido utilizar bolsas que me ayuden a mantener un equilibrio y postura correctos, cargando sólo lo necesario, de igual manera he decidido mantener relaciones y mantenerme en situaciones que sean sanas, que sumen, que alegren… que sean necesarias.  Porque, siendo tan breve nuestro paso por esta experiencia humana, ¿por qué no empeñarme, con cada fibra de mi ser, con que esta experiencia sea alegre y placentera la mayor parte del tiempo posible?

Carpe diem.

 

Sin edición. Primera Parte.

El reto no es escribir lo primero que me venga a la cabeza, sino evitar editarlo o incluso censurarlo, antes de que conozca la brillantez de la pantalla en la que ahora escribo.

Y entonces, para cumplir el reto, debo escribir que extraño muchísimo las clases de pole-fitness, donde conocí a un grupo de brillantes, hermosas, simpáticas, inteligentes y muy versátiles mujeres. Y extraño las clases no solo por el placer que me causa girar en un tubo y ver el mundo de cabeza, extraño ese espacio tan mío, tan alegre, tan cercano en mi memoria…

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Y apenas me estoy deleitando con este recuerdo, una reflexión me asalta: ¿cuántas veces nos damos la oportunidad de hacer algo que nos llene el cuerpo y el espíritu de alegría?; ¿cuántas personas podemos hacer un hueco en nuestra agenda para aquello que tanto nos gusta? ¿Será que muy pocas? Tú que me regalas el favor de tu lectura, dime: ¿Qué es lo que tanto te gusta hacer?; ¿tienes tiempo para hacerlo? ¿Qué es aquello que hace que lata tu corazón con fuerza, que te hace vibrar la sangre que corre por tus venas?

Otro pensamiento, más práctico sin duda, interrumpe la reflexión: faltan siete semanas para Nochebuena. Desde ayer no dejo de pensar en eso… bueno, en realidad es un pensamiento que viene y va, tampoco es que sea una obsesión en mi cabecita despeinada.

Como decía, hubo una época en que las luces navideñas lo eran todo en mi vida, significaban para mí la oportunidad de deslizarme por el pasillo, de puntillas, con la esperanza de toparme con un simpático ser enfundado en un traje rojo y con larga barba: lo hacía una y otra noche antes de Navidad, así de grande era mi esperanza. Ahora no solo significa que comienza la cuenta regresiva para la decoración navideña, esa que tanto le gusta a la gran mujer de mi vida, también significa que ya se acerca el final de este año 2019, un año que ha significado mucho para mí, y para mi pequeña gran familia. Pero, por mucho que quiera hacerlo ahorita, las consideraciones en torno al 2019 deberán esperar un poco más…

Como no sé estarme quieta, mientras escribía este post revisé mi correo, y acabo de ver que en Japón compraron mi libro hace dos días… ¡en Japón! No tengo palabras para describir la sensación que esto me provoca, es poco decir que la emoción me invade de pies a cabeza. Quien sea que haya hecho esa compra, ¡gracias infinitas! Deseo que la lectura le resulte muy amena… ¡Japón!

El tiempo apremia, y mis obligaciones maternales me llaman… repetiré este ejercicio, a mí me ha gustado bastante… ¿y a ti? ¡Feliz día!